Mensaje del Párroco de Nuestra Iglesia

Jonatan Atias

Jul 19, 2020

Querida Comunidad del Santísimo Sacramento:

Reciban un afectuoso saludo en estos momentos difíciles que nos toca enfrentar como país y como comunidad Sacramentina. Las medidas adoptadas por las autoridades de la salud, que nos obliga a permanecer en nuestros hogares, tiene como propósito evitar el contagio exponencial del virus. Sin duda estas medidas han alterado de manera significativa nuestro quehacer cotidiano y también presenta el desafío de estar en casa la mayor parte del tiempo; ¿cómo compartir los quehaceres diarios?, ¿cómo estar juntos por largos períodos de tiempo sin perturbarnos?, ¿cómo resolver los problemas de
alimentación cuidado y aseo?, ¿cómo evitar contagiarnos adoptando las medidas de higiene y salubridad recomendadas por la autoridad?, ¿cómo cuidar a los más vulnerables?, ¿cómo abordar las consecuencias económicas que esta paralización
producirá?, etc.

Al mismo tiempo, no podemos dejar de señalar que esta crisis, es también una oportunidad para observar de manera detenida, qué es lo que veníamos haciendo, que cosas de aquellas realmente valían la pena. Esta pandemia de alcance mundial, nos ha obligado, por fuerza, a hacer un alto en el camino. Nos ha tocado aislarnos, recluirnos en nuestras casas apartados del mundo, de la sociedad, de los amigos, algunos incluso de la familia, pendientes a todas horas de las noticias. Pero caigamos en la cuenta de que también es una ocasión propicia para conocernos a nosotros mismos más a fondo; para
repasar la película de nuestra vida y tomar mayor conciencia de quienes somos y de los caminos por los que discurre nuestra existencia.

 

Volver la mirada y el corazón a Dios

Lo primero es volver la mirada y el corazón a Dios, y ampararnos en su misericordia; cambiar nuestra vida, dejarnos convertir por él. Es la actitud propia del tiempo de cuarentena, en el que nos encontramos. La conversión es como nacer de nuevo, es una renovación de las actitudes, de la mentalidad, de los criterios y de los valores. Es un cambio profundo en la vida, una renovación interior que comporta una nueva orientación general. Significa volver a Dios, reorientar la ruta, la meta de la vida, para que el eje vertebrador sea Cristo, para que Él sea el centro que articula todos los demás elementos: familia, trabajo, aficiones, compromisos, voluntariado, en definitiva, toda la vida.
Cada uno de nosotros lleva en sí mismo una sed de infinito, una nostalgia de eternidad, una búsqueda de belleza, un deseo de amor, una necesidad de luz y de verdad, que lo mpulsan hacia el Absoluto; lleva en sí mismo el deseo de Dios. Dios es la Realidad misma, con mayúsculas, la Vida misma. El sentido de la vida de cada uno de nosotros es recibir el amor de Dios, conocerlo, creerlo y vivirlo; compartirlo y comunicarlo; amar a Dios con todas las fuerzas y al prójimo como a sí mismo. En nuestra vida, en nuestras familias, en nuestra sociedad, demos a Dios el lugar que le corresponde, el primer lugar.
En la peregrinación de la vida son imprescindibles los espacios de silencio, de recogimiento, de reflexión personal, para conocerse mejor a sí mismo, mirándose al espejo con sinceridad y sin tapujos. En estos días, en los que seguramente dispondremos de más tiempo, será bueno que entremos en nuestro interior, que revisemos la propia vida desde una reflexión sincera que facilite el encuentro con uno mismo y propicie, a su vez, el encuentro con Dios.

 

¿Quién es mi Prójimo?

Los seres humanos nos hallamos juntos, existimos juntos. Podemos vivir unos contra otros, o de espaldas a los otros, ignorándonos, o podemos vivir en relación, en apertura; se puede acoger a los otros, ofrecerse, sentirse próximo a ellos, es decir, convivir con los otros. Ser prójimo, como nos recuerda la parábola del buen samaritano, significa cumplir el mandamiento del amor haciéndose prójimo de los demás, sobre todo de los más necesitados del camino. Soy hermano de todo aquel que me encuentro, de todo aquel que necesita mi ayuda. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en el corazón del cristiano en su peregrinar.

El encuentro con el hermano lleva a compartir y colaborar. El peregrino debe ir ligero de equipaje, con lo imprescindible y sin apego a sus pocas pertenencias. La convivencia comporta la atención al otro, la reciprocidad. Esto significa estar atentos los unos a los otros, no mostrarse indiferentes a la suerte de los demás, ser conscientes de la interdependencia entre personas, ser solidarios.

Quiero hacer llegar un agradecimiento especial a las familias, a los padres que se dedican mantener la llama del amor y la convivencia en los hogares, a las personas ancianas que sufren estos momentos desde la incertidumbre, y en algunos casos desde la soledad, aunque no les falta el afecto de los seres queridos, a todos los miembros del consejo Pastoral Parroquial, a los grupos que hacen vida pastoral en nuestra comunidad parroquial. Finalmente, una llamada a la oración incesante de toda la comunidad Sacramentina.
Tengan también la certeza de mi oración diaria especialmente en la celebración de la Eucaristía por todos y cada uno de ustedes, y en particular por las personas que sufren el contagio de este virus, por todos los que se encuentran afectados por esta situación.
Todos estamos llamados a la oración ferviente e incesante pidiendo a Dios que aleje este mal de nosotros. Que la Virgen María, bajo las advocaciones, de Nuestra Señora del Santísimo Sacramento, Nuestra Señora del Carmen patrona de Chile, María del Rosario de Chiquinquirá, la Divina Pastora, nuestra Señora del Valle, Nuestra Señora de Coromoto patrona de Venezuela, sean nuestro amparo ahora y en toda ocasión.
Envío a cada uno de ustedes un fuerte abrazo y que el buen Dios los sigas bendiciendo en todo momento.

 

Con mi bendición Sacerdotal
P. Julián Acevedo

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